Las 7 plagas de Santa Marta: agua, energía, seguridad y más.

LAS 7 PLAGAS DE SANTA MARTA por Dr. José Luis Berdugo Oviedo. Presidente Asociación de Empresarios Del Magdalena

Porque una ciudad también puede tener sus propias plagas. Y, por estos días, parece que nos llegaron siete de una sola vez.

Septiembre de 2026.Hay momentos en la vida de una ciudad en los que los problemas dejan de parecer hechos aislados y empiezan a parecer una colección cuidadosamente organizada de calamidades.

Santa Marta parece estar atravesando uno de esos momentos. El agua sigue siendo un problema estructural. La energía cuesta demasiado para una ciudad que prácticamente vive bajo el sol. La movilidad parece haber entrado en una dimensión paralela en la que algunas señales de tránsito son más una sugerencia que una obligación. Las basuras aparecen donde no deberían. La violencia y la extorsión han vuelto a recordarnos que la seguridad no puede darse por sentada. El turismo, nuestra gran industria, tiene problemas de informalidad, calidad, gobernanza y seguridad. Y, como si todo esto fuera poco, nuestros resultados educativos llevan décadas diciéndonos que el futuro tampoco está precisamente haciendo fila para entrar.

Todo esto ocurre, además, en una ciudad que intenta proyectarse simultáneamente como destino turístico internacional, ciudad de 500 años, territorio estratégico del Caribe, centro logístico, ciudad empresarial y uno de los lugares con mayor potencial natural de Colombia. La contradicción es evidente: tenemos activos extraordinarios, pero seguimos teniendo dificultades extraordinarias para administrarlos.

En las últimas semanas, además, el debate nacional ha vuelto a incorporar con frecuencia referencias a Dios, la providencia y la religión en algunas alocuciones presidenciales. En una intervención reciente, por ejemplo, el presidente Abelardo De La Espriella afirmó, al referirse al futuro consulado estadounidense en Barranquilla: «Vamos, con la ayuda de Dios, a tener un consulado de los Estados Unidos en la ciudad».Nosotros no somos una organización religiosa. Respetamos absolutamente todos los cultos, credos, iglesias, religiones y formas de pensamiento, así como el derecho de quienes no profesan ninguna religión. Esta no es, por tanto, una reflexión teológica ni pretendemos atribuirle explicaciones sobrenaturales a los problemas de Santa Marta. La referencia religiosa es únicamente un recurso literario que nos permite construir un símil bastante más terrenal. Así que, tomando prestado por un momento el lenguaje bíblico, decidimos hablar de las siete plagas de Santa Marta.

Y antes de que algún teólogo nos escriba indignado, hagamos una precisión importante: las plagas de Egipto fueron diez, no siete. El relato del libro del Éxodo habla del agua convertida en sangre, las ranas, los mosquitos o jejenes, las moscas o tábanos, la peste sobre el ganado, las úlceras, el granizo, las langostas, la oscuridad y, finalmente, la muerte de los primogénitos.Nosotros solamente necesitamos siete.Y, francamente, creemos que ya tenemos suficiente.

PRIMERA PLAGA –

El agua: cuando abrir el grifo se convierte en un acto de feSi hubiera que escoger un problema que Santa Marta lleva demasiado tiempo intentando resolver, el agua tendría que estar necesariamente en la primera línea de cualquier lista. Y aquí conviene comenzar haciendo una precisión: el problema no es que el agua que llega al sistema sea necesariamente de mala calidad. ESSMAR ha informado que el Índice de Riesgo de Calidad del Agua se ha mantenido por debajo del 5 %, dentro de la categoría de agua sin riesgo.El problema es otro y, quizás, mucho más básico: tenerla disponible, conducirla, distribuirla y garantizarla de manera sostenible a una ciudad que ha crecido mucho más rápido que buena parte de su infraestructura.Santa Marta lleva años conviviendo con interrupciones, dificultades de continuidad, dependencia de las fuentes hídricas, problemas de infraestructura y una brecha creciente entre la demanda y la capacidad del sistema. La situación se vuelve todavía más compleja durante los periodos de altas temperaturas y disminución de los caudales, cuando cualquier daño adicional puede terminar afectando a miles de usuarios.En julio de 2026, ESSMAR informó que una combinación de altas temperaturas, disminución de caudales, afectaciones externas y problemas en infraestructura estaba generando dificultades en la distribución. En uno de esos episodios, un daño en una tubería principal afectó aproximadamente a 19.372 usuarios de 58 barrios.El dato es importante porque demuestra que el problema no puede reducirse a una emergencia puntual. Santa Marta necesita una solución estructural y, de hecho, se han planteado y desarrollado diferentes alternativas para ampliar el abastecimiento. ESSMAR ha avanzado en proyectos diferentes que contemplan soluciones viables de almacenamiento y distribución de agua potable.También se están ejecutando obras destinadas a mejorar el alcantarillado. En junio de 2026, ESSMAR anunció la Fase II del colector Tamacá, con una inversión superior a $9.600 millones, incluyendo reposición de redes de alcantarillado y acueducto.Esto demuestra que existen proyectos y que se están haciendo inversiones. Pero también obliga a recordar algo elemental que en Colombia solemos olvidar con facilidad: un proyecto no es todavía una solución.Entre el anuncio y el momento en que una familia abre el grifo y encuentra agua de manera permanente existe un pequeño detalle llamado realidad. Hay que diseñar, licenciar, financiar, contratar, construir, probar, poner en funcionamiento y mantener. Y cada uno de esos pasos consume tiempo.Santa Marta, mientras tanto, continúa creciendo. Se construyen viviendas, hoteles, establecimientos comerciales y nuevos desarrollos urbanos. Llegan visitantes, aumenta la población flotante y crece la demanda. La ciudad necesita resolver primero buena parte de su infraestructura básica para poder sostener razonablemente el crecimiento que pretende.Y como si el agua no fuera ya un asunto suficientemente complicado, Santa Marta decidió que también podía administrar su subsuelo como si fuera una cuenta corriente sin límite. Durante años hemos extraído agua de los pozos a un ritmo que difícilmente puede considerarse sostenible, dependiendo cada vez más de un acuífero que no se ve, pero que algún día puede cobrarnos la factura. El problema es que el agua subterránea no aparece por arte de magia: necesita que la lluvia infiltre el suelo, que existan superficies capaces de absorberla y que el sistema natural tenga tiempo para recargarse. Si sacamos más de lo que entra, hasta el acuífero termina entendiendo que aquí tampoco hay planificación.

Y entonces aparece otra de nuestras grandes proezas urbanísticas: construir sobre todo lo que se pueda construir y cortar árboles para poner cemento sobre todo lo que quede libre, si queda algo. El arboricidio de la avenida del Libertador, por ejemplo, cuando fueron talados numerosos árboles para la intervención de esta importante vía, dejó una pregunta que pocas veces hacemos cuando celebramos una obra nueva: ¿qué perdemos ambientalmente cuando reemplazamos árboles y suelo permeable por cemento? Un árbol no es simplemente un adorno que estorba cuando llega una retroexcavadora. Sus raíces favorecen la infiltración, ayudan a regular la temperatura, retienen humedad y hacen parte de ese sistema silencioso mediante el cual el agua puede regresar al subsuelo.El problema, por supuesto, no terminó con aquella avenida. Santa Marta sigue creciendo, construyendo edificios, vías, parqueaderos y urbanizaciones, mientras la superficie que puede absorber agua disminuye y el concreto gana terreno. Cada árbol que no se siembra y cada metro cuadrado que se impermeabiliza reducen, en alguna medida, la capacidad de la ciudad para capturar y conducir naturalmente el agua hacia sus reservas subterráneas. Después, cuando el acuífero baja, cuando los pozos producen menos o cuando conseguir agua se vuelve más costoso, nos sorprendemos como si el agua hubiera decidido desaparecer por voluntad propia.Quizás esta sea la ironía mayor de esta plaga: una ciudad rodeada de agua y, al mismo tiempo, cada vez más preocupada por conseguirla. Seguimos perforando pozos, pavimentando superficies y tumbando árboles para después preguntarnos por qué el agua escasea. Tal vez el acuífero no necesite otro discurso, sino que dejemos de comportarnos como si fuera infinito. Porque el día que el subsuelo deje de darnos agua, difícilmente podremos construir un edificio lo suficientemente alto como para alcanzar la que ya no esté allí.La paradoja resulta difícil de ignorar. Santa Marta está frente al Caribe, tiene la Sierra Nevada, tiene ríos, tiene lluvia y tiene uno de los sistemas ambientales más extraordinarios del planeta. Tenemos mar por todas partes y, aun así, conseguir agua potable puede convertirse en una actividad que exige paciencia, logística y, en algunos sectores, una buena dosis de fe.Tal vez esta sea la primera enseñanza de nuestras siete plagas: el agua no se resuelve inaugurando discursos. Se resuelve con infraestructura, financiación, planeación y tiempo.Y Santa Marta necesita las cuatro.

SEGUNDA PLAGA

La energía: pagar como si produjéramos electricidad con oroSanta Marta tiene sol. Mucho sol. Tanto, que en determinados días salir a la calle puede sentirse como una experiencia gratuita de sauna tropical. Sin embargo, la energía eléctrica continúa siendo uno de los costos que más presión generan sobre hogares y empresas del Caribe.Aquí también conviene evitar simplificaciones. En agosto de 2026, Air-e Intervenida reportó una tarifa de $890,26 por kilovatio hora frente a un promedio nacional de $957,27, y señaló que la compañía se encontraba entre las distribuidoras con tarifas más competitivas del país.Por eso el problema no consiste simplemente en afirmar que Santa Marta tiene «la energía más cara de Colombia». Esa afirmación no sería rigurosa. El verdadero asunto es que, para una ciudad con temperaturas elevadas, una economía turística intensiva en climatización y una enorme disponibilidad de radiación solar, el costo energético sigue siendo un factor de competitividad que merece mucha más atención.En 2026, Air-e informó además que las temperaturas extremas del Caribe, con registros superiores a 38 °C y sensaciones térmicas superiores a 47 °C en algunas zonas, estaban impulsando el consumo de electricidad debido al mayor uso de ventiladores, aires acondicionados y sistemas de refrigeración.La ecuación es bastante sencilla: hace más calor, utilizamos más aire acondicionado, consumimos más energía y aumenta la presión sobre los hogares y las empresas.

Aquí aparece una paradoja territorial difícil de explicar. Santa Marta tiene condiciones extraordinarias para desarrollar generación solar distribuida en viviendas, hoteles, establecimientos comerciales, industrias y edificios públicos. Sin embargo, tener sol no significa automáticamente tener energía barata. Se requieren inversiones, redes, regulación, almacenamiento cuando sea necesario, sistemas de conexión y mecanismos financieros que permitan que el potencial se convierta realmente en generación.Por eso la discusión debería ir mucho más allá de instalar unos cuantos paneles solares para la fotografía de una inauguración. Santa Marta necesita preguntarse seriamente cuánto de su potencial energético puede convertirse en una ventaja competitiva real.La entrada en operación del circuito Gaira 1, anunciada en junio de 2026, muestra que existen inversiones concretas destinadas a fortalecer la distribución y responder al crecimiento de la demanda en el sur de Santa Marta.Pero vuelve a aparecer nuestra enfermedad favorita: crecer primero y resolver la infraestructura después.La energía determina dónde se instala una empresa, cuánto cuesta producir, cuánto cuesta refrigerar, cuánto cuesta operar un hotel y cuánto termina pagando una familia. Por eso la ciudad debería incorporar seriamente la generación energética local dentro de su agenda de competitividad. No porque vayamos a independizarnos eléctricamente mañana, sino porque resulta razonable preguntarse por qué una ciudad con tanto sol continúa utilizándolo principalmente para broncear turistas.Por otro lado, en Santa Marta también desarrollamos una particular forma de generación eléctrica: la energía que alguien consume, pero pretende que pague otro. Las conexiones ilegales, la manipulación de medidores y la cultura del no pago no son simplemente un problema de comportamiento ciudadano; técnicamente se traducen en mayores pérdidas no técnicas del sistema, dificultan la recuperación de los costos de distribución y obligan a que una mayor proporción de los usuarios que sí pagan soporte los costos que no se recuperan. A esto se suma el deterioro de las redes y las intervenciones no autorizadas, que aumentan los riesgos de sobrecargas, fallas, accidentes y afectaciones a la calidad y continuidad del servicio. En otras palabras, cada conexión clandestina puede parecer un pequeño atajo individual, pero multiplicada por miles termina convirtiéndose en una costosa autopista que alguien tiene que pagar.Y aquí aparece la paradoja: queremos una energía más barata, pero contribuimos a hacerla más cara. Las pérdidas no técnicas obligan a invertir más en control, medición, reposición de infraestructura y recuperación de cartera; recursos que podrían destinarse a mejorar redes y calidad del servicio. Mientras tanto, el usuario cumplido termina mirando su factura preguntándose por qué debe pagar tanto, sin advertir que en el sistema eléctrico no existe la energía gratis: lo que no se recauda, se pierde, y lo que se pierde debe ser recuperado de alguna manera. Así que, en esta plaga, el milagro consiste en querer un servicio de primera mientras seguimos practicando, con admirable disciplina, la economía del último en pagar.

TERCERA PLAGA

La movilidad: el reino donde las normas son opcionales Hay ciudades donde las señales de tránsito organizan la movilidad. Y hay ciudades donde las señales de tránsito parecen participar de un concurso permanente de decoración urbana. Santa Marta corre el riesgo de pertenecer al segundo grupo.

El problema, sin embargo, no puede atribuirse exclusivamente a las motocicletas. Las motos son un medio de transporte fundamental para miles de familias y trabajadores y forman parte de la realidad económica de la ciudad. El problema aparece cuando el vehículo se convierte en una excusa para que la norma deje de existir.La propia Alcaldía ha identificado entre las infracciones recurrentes de algunos motociclistas el tránsito por zonas peatonales, el incumplimiento de semáforos, el no uso del casco y la adulteración u ocultamiento de placas. En 2023, por ejemplo, se reportaron 2.531 comparendos por pasar semáforos en rojo y se señalaba una alta participación de motociclistas entre las personas atendidas por accidentes de tránsito.El Distrito también ha adoptado medidas específicas de restricción para motocicletas mediante decretos expedidos en 2024 y 2025.Pero una ciudad no mejora su movilidad únicamente prohibiendo. Necesita autoridad, control, infraestructura, educación, transporte público eficiente, señalización, tecnología, planificación, sanciones efectivas y, sobre todo, cultura ciudadana.

La pregunta incómoda es si estamos dispuestos a entender que la libertad de movilizarnos termina donde empieza el derecho de los demás a no ser atropellados.Porque movilidad no significa simplemente poder desplazarse de un punto a otro. Significa hacerlo de manera segura, previsible y ordenada. Y eso requiere reglas que se cumplan. La Secretaría de Movilidad dispone de procedimientos de educación vial, operativos de control, comparendos, inmovilizaciones y sistemas de información. Lo que necesitamos ahora es que todo eso termine reflejándose en la calle.Porque una ciudad en la que una persona puede circular en contravía, subir a un andén, ignorar un semáforo y esconder la placa no tiene un problema exclusivamente de movilidad. Tiene un problema de autoridad. Y, en algunos casos, también de ciudadanía.

CUARTA PLAGA

Las basuras: una ciudad que se está ahogando en su propia basura Esta es probablemente la plaga más visible. No hace falta realizar un estudio de 200 páginas para saber que tenemos un problema de residuos. Basta con caminar por determinados sectores de la ciudad.Las basuras aparecen en calles, canales, lotes, esquinas y espacios públicos. Y cuando llueve, el problema adquiere una dimensión adicional: lo que estaba en el suelo comienza a viajar. Va al canal, del canal al río y del río al mar.

Después aparece flotando en las mismas playas que utilizamos para promocionar Santa Marta como destino turístico. Es una de esas contradicciones que solamente una ciudad puede producir: promocionar el paisaje mientras ensuciamos el paisaje.

El propio PGIRS de Santa Marta documenta la magnitud del problema. Según información del Sistema Único de Información de la Superintendencia de Servicios Públicos, durante 2024 se recogieron y transportaron al sitio de disposición final 192.287 toneladas de residuos, equivalentes a un promedio de 16.023,95 toneladas mensuales. El documento calcula además una producción urbana cercana a 1,065 kilogramos de residuos por habitante al día.Eso es muchísimo. Y el problema no termina cuando el camión recoge una bolsa. Hay que transportar, disponer, aprovechar, reciclar y reducir. Finalmente, aquello que no puede ser aprovechado necesita un lugar donde ser dispuesto.Aquí conviene hacer una precisión importante. Decir que el relleno sanitario Palangana «llegó a su capacidad total» simplifica demasiado la situación. El PGIRS reportaba, con corte a octubre de 2024, una capacidad remanente de 277.358 m³ y señalaba alternativas de optimización que podrían llevar la capacidad a 787.395 m³, equivalentes a una vida útil calculada de 54 meses bajo ese escenario. Sin embargo, el mismo documento identifica expresamente el agotamiento de la capacidad de disposición como uno de los puntos críticos del manejo de residuos de Santa Marta.Es decir, el problema existe y es estructural, aunque técnicamente no sea correcto afirmar que el relleno simplemente está «lleno».En septiembre de 2026, ESSMAR informó la incorporación de tres nuevos vehículos compactadores para reforzar el servicio de recolección. Es una medida que puede mejorar la operación, pero sería ingenuo pensar que tres camiones solucionan un problema que también tiene componentes de cultura ciudadana, aprovechamiento, disposición final y economía circular.Porque también tenemos que hablar de nosotros. ¿Por qué producimos tanta basura? ¿Por qué algunos ciudadanos siguen arrojando residuos en canales y espacios públicos? ¿Por qué algunos comerciantes utilizan el espacio público como extensión de su depósito? ¿Por qué el reciclaje continúa siendo marginal? ¿Por qué seguimos pensando que «sacar la basura» significa que el problema desapareció?No desapareció, simplemente cambió de dirección. Y algunas veces terminó en el mar.

QUINTA PLAGA

El conflicto armado: cuando la guerra llega a la ciudad. Esta es la única de nuestras siete plagas con la que no deberíamos hacer demasiados chistes. Aquí no hablamos simplemente de incomodidad, de pérdida de tiempo o de deterioro urbano. Hablamos de seguridad, libertad, comercio, familias, desplazamiento, extorsión y vidas humanas. La situación de seguridad en Santa Marta y la Sierra Nevada ha estado marcada por la confrontación entre estructuras armadas.

La Defensoría del Pueblo emitió en diciembre de 2025 una Alerta Temprana que advertía sobre la disputa entre el Ejército Gaitanista de Colombia y las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada y señalaba riesgos para comunidades de 21 municipios de Magdalena, La Guajira y Cesar. La entidad documentó desplazamientos, confinamientos y otras afectaciones humanitarias.

En 2026, el Gobierno Nacional anunció refuerzos de seguridad para Magdalena, Cesar y La Guajira y señaló la confrontación entre estructuras como las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra y el Clan del Golfo como una preocupación central. La extorsión tampoco es una hipótesis. La Policía ha informado durante 2026 diferentes capturas de presuntos integrantes de las ACSN por este delito, incluidos casos relacionados con comerciantes y actividades económicas.

En septiembre de 2026 ocurrió, además, un episodio particularmente grave. Después de operaciones de la Fuerza Pública contra las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, el grupo anunció un paro armado. La Presidencia informó el 22 de septiembre la adopción de medidas de seguridad para Santa Marta ante esa amenaza, mientras el Ejército reportó el despliegue de dispositivos en la ciudad y sus corregimientos. Las consecuencias de este fenómeno no son abstractas. Cuando un comerciante recibe una amenaza, existe un costo económico y humano. Cuando un transportador deja de circular, existe un costo. Cuando un turista cancela un viaje, existe un costo. Cuando una familia tiene miedo, existe un costo. Y cuando una comunidad rural queda confinada, el costo humano es todavía mayor.La seguridad tampoco puede analizarse únicamente desde la perspectiva militar. Hay que hablar de justicia, prevención, inteligencia, presencia institucional, oportunidades económicas, protección de comunidades, investigación criminal y control de las rentas ilegales.La extorsión es particularmente peligrosa para una ciudad empresarial y turística porque funciona como un impuesto ilegal. No aparece en ninguna factura, no genera infraestructura y no produce desarrollo; simplemente extrae riqueza del territorio.Y eso es exactamente lo contrario de lo que Santa Marta necesita.

SEXTA PLAGA

El desorden del turismo: la gallina de los huevos de oro a la que estamos maltratando.Santa Marta tiene una ventaja que muchas ciudades del mundo pagarían por tener: el producto turístico existe, no tuvimos que fabricarlo.La Sierra Nevada está aquí.

El Caribe está aquí. El Tayrona está aquí. La biodiversidad está aquí. El patrimonio histórico está aquí. Taganga está aquí. Minca está aquí. La cultura está aquí. Y el interés del mercado también existe. En los primeros cinco meses de 2025 Santa Marta recibió 31.554 visitantes extranjeros no residentes, un crecimiento superior al 28 % frente al mismo periodo del año anterior, según cifras citadas por MinCIT.

A junio de 2025 había además 7.771 prestadores de servicios turísticos activos registrados en el RNT.Durante la Fiesta del Mar de 2026, un balance preliminar reportó más de 117.000 visitantes y una ocupación hotelera general de 62,9 %.Por tanto, no estamos hablando de una industria inexistente. Estamos hablando de una actividad económica importante, con demanda y con capacidad de atraer visitantes. Y precisamente por eso deberíamos cuidarla mucho más. El problema comienza cuando confundimos turismo con simplemente traer gente. Un destino turístico competitivo necesita seguridad, infraestructura, movilidad, servicios públicos, limpieza, señalización, información, formalidad, calidad, experiencia, conectividad y gobernanza. Santa Marta tiene avances en varias de estas áreas, pero también tiene brechas evidentes. Tenemos turistas, pero también problemas de basura. Tenemos playas, pero también problemas de aguas residuales. Tenemos experiencias extraordinarias, pero también operadores informales. Tenemos naturaleza, pero también presión ambiental. Tenemos empresarios formales, pero también actividades difíciles de controlar.Y tenemos denuncias de extorsión. Una investigación publicada por El Espectador en marzo de 2026 describió la extorsión asociada a actividades turísticas como una de las rentas disputadas por estructuras armadas en la región, citando estimaciones de investigadores sobre el alcance de ese fenómeno. Esto merece especial atención, porque el turista no analiza nuestras competencias administrativas. No sabe qué entidad tiene la responsabilidad de una playa, qué dependencia controla una excursión, quién debe responder por una alcantarilla o cuál autoridad tiene competencia sobre determinado espacio público.El visitante simplemente tiene una experiencia y después escribe una reseña. El turista no separa: «esto es responsabilidad del Distrito», «esto corresponde a la empresa de aseo», «esto es culpa del prestador» o «esto depende de otra autoridad». Para el visitante, todo eso tiene un solo nombre: Santa Marta. Por eso necesitamos una verdadera estrategia de destino. No una colección de eventos, no solamente campañas publicitarias, no únicamente videos de playas y tampoco una estrategia basada exclusivamente en influencers. Necesitamos una estrategia con objetivos, indicadores, responsables, presupuesto, control, calidad, inteligencia turística y coordinación público-privada.Porque la gallina de los huevos de oro no se administra a punta de fotografías. Se alimenta, se protege, se cuida y, sobre todo, no se le cobra al turista hasta por respirar.

SÉPTIMA PLAGA

La debacle de la educación: el problema que no se resuelve con un eslogan.

Esta es probablemente la plaga más silenciosa de todas. No se ve en las calles, no produce titulares todos los días y no genera el mismo impacto visual que una montaña de basura o un trancón. Pero puede ser la más determinante de todas.Porque mientras discutimos agua, energía, turismo, seguridad, movilidad y residuos, existe una pregunta que deberíamos hacernos con mucha mayor frecuencia: ¿Quién va a construir la Santa Marta que queremos dentro de veinte años? La respuesta debería ser evidente: los niños y jóvenes que hoy están en nuestras escuelas.Y ahí tenemos un problema. El ICFES publica resultados desagregados por territorio y dispone de series históricas de Saber 11. La prueba evalúa Lectura Crítica, Matemáticas, Sociales y Ciudadanas, Ciencias Naturales e Inglés.

Para Santa Marta, los resultados territoriales de 2025 muestran una realidad que no deberíamos maquillar. El promedio global reportado para el territorio fue de 252,1 puntos frente a 256,3 del promedio nacional, una diferencia de 4,2 puntos.Pero quizás sea más importante que un número puntual observar la trayectoria. El diagnóstico territorial del ICFES sobre Santa Marta muestra históricamente una presencia importante de establecimientos en las categorías inferiores de clasificación y una evolución que no permite afirmar que el problema haya sido resuelto.Esto no significa que todos los colegios sean malos. No lo son. Tampoco significa que todos los profesores sean responsables del problema. Sería injusto y simplista.

El problema es estructural y tiene relación con pobreza, nutrición, entorno familiar, infraestructura, calidad educativa, formación docente, gestión, conectividad, acceso a educación superior, ruralidad y muchas otras variables. Precisamente por eso necesita una estrategia que vaya mucho más allá de entregar computadores, pintar colegios o inaugurar aulas.

Porque una ciudad que aspira a atraer inversión necesita trabajadores preparados. Una ciudad que pretende desarrollar turismo necesita personas capaces de ofrecer servicios de calidad. Una ciudad que aspira a desarrollar tecnología necesita fortalecer las matemáticas. Una ciudad que quiere industrializarse necesita ciencias. Y una ciudad que quiere tener ciudadanos capaces de exigir buenos gobiernos necesita lectura crítica.La educación es, en buena medida, el multiplicador de todas las demás políticas. Por eso resulta difícil hablar seriamente de transformar el territorio si no transformamos simultáneamente la escuela.

Podemos construir carreteras, ampliar aeropuertos, construir hoteles, desarrollar zonas logísticas, atraer empresas y promover nuevas industrias. Pero si los niños continúan saliendo del sistema educativo con brechas importantes de aprendizaje, la ciudad seguirá teniendo dificultades para producir el talento que necesita. Y eso también es una forma de atraso.La séptima plaga, entonces, no es solamente un resultado de una prueba. Es la posibilidad de que dentro de veinte años sigamos teniendo exactamente las mismas conversaciones. Y ahí sí tendríamos un problema bíblico.

Las siete plagas no están aisladas. Aquí está quizás la parte más importante de toda esta historia. Las siete plagas no son siete problemas independientes que puedan resolverse desde siete oficinas diferentes y mediante siete planes desconectados. Son partes de un mismo sistema territorial.

El agua afecta al turismo. El turismo afecta el empleo. La inseguridad afecta el turismo y la inversión. Las basuras afectan el turismo y el ambiente. El deterioro ambiental afecta la competitividad. La energía incide sobre los costos empresariales. La movilidad afecta los tiempos, los costos y la productividad. Y la educación determina, en buena medida, la capacidad futura de la ciudad para responder a todos los demás problemas.

El efecto dominó es evidente.Una educación deficiente puede traducirse en menor capital humano, menor productividad y menor competitividad. Unos servicios públicos deficientes pueden convertirse en mayores costos para hogares y empresas y, por tanto, en menor capacidad para atraer inversión. La inseguridad puede deteriorar la confianza y afectar el turismo y el comercio. Un turismo desordenado puede deteriorar la experiencia del visitante y, con ella, la reputación del destino. Las basuras y las aguas residuales pueden deteriorar el activo ambiental que sostiene buena parte de nuestra economía turística.

Una movilidad deficiente puede convertirse en pérdida de tiempo y productividad.Por eso Santa Marta no necesita únicamente siete soluciones, necesita una visión integral de ciudad. Una agenda que conecte agua, energía, movilidad, seguridad, residuos, turismo y educación dentro de una misma estrategia de desarrollo. Porque si resolvemos solamente una parte, las otras continuarán limitando el resultado

Y no, santa marta no está perdida.Después de leer todo esto alguien podría pensar que estamos describiendo una ciudad condenada. No. Sería un tremendo error hacerlo. Santa Marta sigue teniendo algunos de los activos territoriales más extraordinarios de Colombia. Tenemos la Sierra Nevada, el Caribe, biodiversidad, patrimonio, playas, cultura, ubicación estratégica, aeropuerto, puerto, posibilidades logísticas, potencial energético, una economía turística consolidada, empresarios, universidades y una población que, a pesar de todas las dificultades, continúa construyendo ciudad.

Tenemos algo que no aparece en ningún balance financiero: la posibilidad de corregir el rumbo.El problema no es que Santa Marta tenga problemas. Todas las ciudades los tienen. El verdadero problema comienza cuando los problemas se vuelven normales.Cuando dejamos de sorprendernos porque no haya agua. Cuando aceptamos pagar altos costos energéticos como si fueran inevitables. Cuando una persona puede circular en contravía y lo consideramos simplemente «parte del tráfico». Cuando la basura acumulada en una esquina deja de indignarnos. Cuando un comerciante recibe una amenaza y decide que lo mejor es guardar silencio. Cuando pensamos que al turista hay que cobrarle cualquier precio porque «igual está de vacaciones». Y cuando vemos los resultados educativos y respondemos con un resignado «siempre hemos estado así». Ese es el verdadero peligro: La normalización.

EPÍLOGO : No necesitamos un Mesías las siete plagas de Santa Marta no se van a resolver con la llegada de un gran Mesías salvador.

Tampoco con discursos y mucho menos con esa costumbre tan colombiana de pensar que anunciar algo equivale a haberlo solucionado. Necesitamos reconocer que tenemos problemas.Y reconocerlos no significa hablar mal de Santa Marta. Todo lo contrario. Quien quiere una ciudad de verdad tiene que ser capaz de decir la verdad sobre ella.

Si el agua tiene problemas, hay que decirlo. Si la energía representa un problema de competitividad, hay que decirlo. Si la movilidad está deteriorada, hay que decirlo. Si tenemos dificultades estructurales con los residuos, hay que decirlo. Si existen estructuras criminales que extorsionan y amenazan, hay que decirlo. Si nuestro turismo tiene problemas de calidad, informalidad y gobernanza, hay que decirlo. Y si nuestra educación continúa mostrando brechas importantes, hay que decirlo todavía más fuerte.Porque decirlo no destruye la ciudad. Negarlo sí puede hacerlo.Santa Marta no necesita que todos repitamos que somos «la ciudad más hermosa del mundo». Necesitamos conseguir que, además de hermosa, sea una ciudad donde funcione el agua, donde la energía sea competitiva, donde conducir sea seguro, donde las calles estén limpias, donde un comerciante pueda trabajar sin pagarle a un criminal, donde un turista quiera volver, donde un empresario quiera invertir y donde un niño tenga una educación que le permita construir una vida mejor que la de sus padres. Eso sería realmente transformar el territorio.Así que, queridos samarios, no perdamos la fe, pero tampoco dependamos exclusivamente de ella.Porque para resolver estas siete plagas vamos a necesitar algo bastante más terrenal: planeación, inversión, autoridad, instituciones que funcionen, ciudadanos responsables, empresarios comprometidos, educación y una capacidad colectiva para ponernos de acuerdo. Y quizás, sobre todo, necesitamos dejar de pelear durante los próximos veinte años por quién tiene la culpa y comenzar a preguntarnos quién está dispuesto a solucionar cada problema.Las plagas de Egipto terminaron y las de Santa Marta también pueden terminar. Pero Moisés no viene y el Mar Rojo no se va a abrir. Nadie va a bajar del cielo con una varita mágica para resolver el acueducto, recoger las basuras, organizar el tráfico, reducir los costos energéticos, enfrentar la extorsión, ordenar el turismo o mejorar las pruebas Saber. Nos toca a nosotros.Y esa, quizás, sea la mejor noticia de todas. Porque si el problema es nuestro, la solución también puede serlo. Santa Marta no está condenada, está llamada a algo mucho más difícil: reconocer dónde está mal, dejar de maquillarlo y trabajar colectivamente para estar mucho mejor.Después de todo, siete plagas pueden ser una tragedia, pero también pueden ser una excelente oportunidad para empezar, por fin, a hacer las cosas de otra manera

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